miércoles, 22 de abril de 2015

TALLER LITERARIO 111






“El cereso de Acapulco"

José de Cádiz




“Carmensa”, fue condenado a 6 años de prisión por haber matado al parroquiano.  Un domingo decidimos visitarlo en el reclusorio varios miembros del taller: el “santoniño”, Karina, Jimena, “la huevosfritos”, y un servidor. También los dos jovencitos que eran bromistas y hablaban mucho. No le tuvimos miedo al “qué dirán” y lo considerábamos un deber.  Había que solidarizarnos con nuestro amigo.

Nicole, por su nacionalidad francesa, prefirió no ir, pero nos preparó tortas y refrescos. Llevamos periódicos, celulares, revistas, y grandes expectativas. Los guardias no permitieron pasar teléfonos, revistas, ni una pequeña lat top, solo comida y un gran entusiasmo.  Tenía prohibido la administración pasar cualquier tipo de publicidad u objetos extraños.  Todo visitante era registrado minuciosamente.

Nos revisaron hasta debajo de la lengua y sólo faltó que con lupa nos revisaran los genitales. Los celadores nos trataron con brusquedad y malos modales. Era obvio que ahí no había un sistema carcelario justo ni mucho menos democrático. La mayoría de celadores eran hoscos y exigentes.

Salimos de la sala de revisión bastante incomodos.  Una celadora haciendo su trabajo trató de agasajarse con la compañera Karina. Había temor que introdujéramos drogas o armamentos.  Sin embargo, es bien sabido que la droga circula por el reclusorio de Acapulco como papas fritas.  Lo pudimos constatar más adelante.

Nos interrogó un policía antes de entrar al interior de la prisión:

--¿Son familiares del recluso Adrián del Carmen Santamaría?

Le dijimos la verdad que sólo éramos amigos.  Ese era el verdadero nombre del travestí conocido como “Carmensa”. Por fin atravesamos las enormes rejas de la prisión. Como jauría nos abordaron algunos presos:

-“¿A quién vienes a visitar jóven?”, “¿me regalas diez pesos para una torta?”  “¡pish, pish, ven preciosa soy soltero y sin compromiso!”.






Tuvimos que darles algunos pesos para que nos dejaran en paz.   Llegamos a la crujía D y nos encontramos con otra sorpresa: Sentado en una banca de cemento y fumando muy tranquilo estaba Cesar.  Como recordarán el se oponía a visitar a “Carmensa” y provocó un altercado con Carlota. Sonrió al vernos y exclamó divertido:

--¡Qué tal raza! ¿Cómo están? Fíjense que no me quise perder esta visita. ¿De veras creyeron que me iba a negar a visitar a nuestro "ilustre" amigo?

--¡Hijo de la chingada! –exclamó el santoniño- ¡Pero bien que hiciste rabiar a Carlota!

--¿A propósito dónde se encuentra él? -preguntó expectante Karina.

--Pues como llegando le hice una “visita conyugal” –Continuó bromeando Cesar- lo dejé bien dormido en el baño. Pero no se preocupen, ahorita lo despierto.

--¿En serio ya platicaste con él? –inquirió Jimena.

Molesta por la actitud de Cesar la “huevosfritos” (Carlota) preguntó a un guardia por el travestí. Éste le informó que estaba en el patio ensayando con un grupo musical porque ese día estaban de fiesta. Era el cumpleaños del director y el personal administrativo habían acordado darle una sorpresa.

En los pasillos había dos grupos de música, mariachis, serpentinas, hileras de sillas, y un gran templete. Nos sorprendió ver a “Carmensa” muy cambiada y con la cara súper maquillada.  Se alegró al vernos y nos saludó con efusividad. Nos comentó que se había vuelto muy amiga del director y que él había intervenido para que los reclusos la dejaran en paz.

--¡Es un primor el director ya lo verán! ¡Quiero que lo conozcan! Me encanta que hayan venido a visitarme hoy precisamente.  Voy a dar un recital y a debutar con mi show. Estrenaré vestuario, bailaré, y cantaré “Lili Marlene”, la canción que inmortalizó a Marlene Dietrich.  ¡Yo y esa diva tenemos mucho en común!

Todos la escuchábamos sorprendidos e intrigados. En verdad su ánimo había cambiado bastante desde la última vez que la vimos.  Vestido y maquillado como estaba el parecido con Marlene Dietrich era extraordinario. No en vano aquel travestí había tenido mucho éxito en los bares del puerto.

La dejamos que siguiera ensayando y nos dispusimos recorrer el reclusorio palmo a palmo. Muy mala decisión.  Nos dividimos en parejas para recorrerlo a nuestras anchas. Yo y Jimena nos dirigimos a la sección de talleres donde se confeccionaban hamacas. Carlota y “el santoniño”, contentos como  adolescentes, visitaron la sección de artesanías. Había cuadros hermosos, objetos de cobre, hilados, tejidos, trabajos de carpintería. Los presos ofrecían sus productos a los visitantes:

--¡Ándele niña llévele un cuadro a su novio! ¡Miren que silla tan linda por sólo 200 pesos! ¡Dos hamacas por 600 pesos!






Salimos del área de talleres y anduvimos por aquí y allá hasta que nos cansamos.  Desconocíamos que había una sección de reos de alta peligrosidad. Le dije a Jimena: “espérame tantito voy al baño”.  Al entrar a los mingitorios un olor penetrante a mariguana me mareó.  Otro sujeto se pinchaba el brazo sentado en un retrete.  Al terminar de orinar sentí la fría punta de una navaja en el cuello. Un tipo me ordenó con los ojos vidriosos:

--Sin hacer ruido, wey, dame todo tu dinero, y no te va a pasar nada, ¿okey?

--No es mucho lo que traigo –le dije sorprendido-. Dejé mi dinero en la dirección.

--¡De prisa hijo de puta! ¿O prefieres que te recojan aquí bien frito? –y recargó la punta de la navaja en mi cara.  Un escalofrío me recorrió todito.

Por seguridad habíamos guardado lo de valor pero eso no lo entendería el asaltante. Lo vi tan decidido y dispuesto a todo.  Traté de llegar a un acuerdo con él:

--Te daré mis tenis, y mi reloj, ¿te parece bien? También traigo aquí veinte pesos.

--Mmmm, no están mal los choclos”, ¡Sácatelos rápido! ¡También la playera y el reloj!

Obedecí sin chistar y el corazón me palpitaba como tambor. El tipo se alejó rápidamente y traté de gravarme sus facciones. Debí haber dado lástima cuando salí del baño porque Jimena exclamó:

--¡Dios mío pero qué te pasó!

--¡Vámonos rápido y no hagas preguntas!

Buscamos a nuestros compañeros por todos lados. En el trayecto observamos un cubículo en donde rapaban a los presos, aun los que estaban detenidos por un día. Me pareció una flagrante violación a los más elementales derechos y se lo hicimos saber al guardia: “Son órdenes de la dirección”, y agregó: “Todos los presos pierden sus derechos ciudadanos y si no quieren ser rapados deberán entregar trecientos pesos”.






Encontramos a nuestros amigos quienes no podían dar crédito al asalto. Cesar, opinaba que había que encontrar al tipo y darle su merecido. Otros más mesurados, decían que era mejor reportarlo a la dirección, y optamos por esto último. “Carmensa” al conocer el caso muy apenada nos llevó ante el director para reportar el robo.  Se encontraba viendo un partido de fut ball y con los pies sobre el escritorio. Con fingida sorpresa nos dijo:

--¿Pero qué andaban haciendo por allá muchachos? ¡Pensé que ya estaban prevenido! No se preocupen y veré que puedo hacer por ustedes.

--¡Por favor papito ayúdanos! –le pidió “Carmensa” haciendo pucheros con los labios-.  Ahora le hablaba de "papito" al director y percibimos algo extraño. Carmensa agregó-:  Sólo han venido a visitarme y no es justo que los asalten esos desgraciados.

El director sonrió socarronamente, conocía bien el sistema carcelario.  Se mostró amable y condescendiente.   Sabía bien que podíamos denunciar el hecho ante los medios o autoridades competentes. Nos prometió recuperar lo perdido.  Salimos de su oficina más satisfechos.

--¡Vámonos chicos que el programa está por empezar! –emplazó Carmensa- Ahí te espero papucho pá cantarte las mañanitas –y le guiñó un ojo al director. 


En el patio había peroles con ricas viandas, globos, serpentinas, confeti,  y una gran cantidad de familiares de reclusos.  Carmensa, amablemente me consiguió playera y unos zapatos que me quedaban grandes pero los tuve que usar. Los consiguió entre los reos y eran preferible a andar sin ropa. Karina observó divertida:

--¡Qué bien te ves con esa playera rayada! ¡Yo que tú me quedaba aquí para escribir varios libros, jajaja!

Ninguno de mis compañeros pudo evitar la carcajada y reí de buena gana.  La ceremonia empezó y el animador pidió que guardáramos silencio. Algunos expresaron parabienes al director que se sentó en un presidium con otros funcionarios. Era alto, moreno, bien parecido, como de cuarenta años.  El travestí le cantó las mañanitas esmerándose en complacerlo. Nada recatado le coqueteaba abiertamente como una mariposilla. Durante todo el show se cambió varias veces de vestuario e imitó a algunos cantantes de moda. También cantó en inglés pero como que no lograba prender la fiesta del todo.  Algo le faltaba para caldear los ánimos.

El público seguía el espectáculo atento pero sin mucho entusiasmo.  Hasta que a Carmensa se le ocurrió vestirse de Elvis Presley e interpretar rock and roll de los sesentas. Ahí sí ardió Troya y despertó el entusiasmo.  La gente empezó a moverse cadenciosamente al ritmo de “Al compás del reloj”.  Parejas diversas empezaron a bailar frenéticamente. Nosotros también seguíamos el ritmo con los pies. “El santoniño” y Carlota se lucieron bailando rock and roll de “aventoncitos”.  Me concreté a observar por que no me sentía cómodo con esas prendas.

Me sorprendió ver a pequeñitos bailando  entusiasmados con sus padres.  “Cuando menos “Carmensa”, esta vez no está borracha”, dijo sarcástica la “huevosfritos”.  En verdad aquel travestí era un artista completo. Cantó, bailó, e hizo bailar a todos.  Llegó la hora de la comida.






Invitaron por micrófono a comer pero los presentes preferían seguir bailando: “Ay caramba con mi novia/ no sé que le pasó/ usa faldas cortas/ zapatos de tacón”. Billy Haley y Elvis Presley seguramente vibraban estremeciéndonos desde sus tumbas.

Se repartió agua de jamaica y una rica barbacoa. La comitiva y el director se retiraron. En un intervalo “Carmensa” se acercó a nosotros, estaba rendida pero feliz.  Expresó: “Espérenme tantito voy a darme un baño y a retocarme el maquillaje”. Nos quedamos disfrutando música de mariachis y charlando animadamente.

Pasado un rato Jimena sugirió que fuéramos a la dirección a ver si ya tenían mis pertenencias. Me sentía bastante incómodo y necesitaba cambiarme. Llegamos a las oficinas pero no encontramos a nadie, ni siquiera a la recepcionista. Todos andaban de fiesta.

Un letrero en la oficina decía: “Cerrado”.  Pero Jimena decidió abrir discretamente el picaporte de la puerta. Se quedó perpleja un momento y salió corriendo como quien ve un fantasma. Expresó exaltada:

--¡Vámonos rápido!

--¿Pero por qué? Oye, ¿que viste? Necesito recuperar mis cosas.


--¡Olvídalo, mejor luego regresamos!

Mi curiosidad pudo más y volví a abrir sigilosamente la puerta.  No podía creer lo que mis ojos veían:
Carmensa y el director se encontraban en plena faena amorosa.  Tan abstraídos o excitados estaban que no se percataron de nuestra presencia.  Carmensa estaba recostada de espaldas sobre el escritorio mientras el director con los pantalones hasta las rodillas la penetraba frenéticamente.  Nos retiramos de ahí en el acto.



Regresamos con los compañeros quienes charlaban ajenos a la voluptuosidad de Carmensa. Más tarde el travestí regresó con mis pertenencias y se disculpó por la tardanza.  Pasamos el resto de la tarde conversando amigablemente sobre diversos temas de presidio.

Jimena, me expresó discretamente:

--Oye, por lo visto, Carmensa no pierde tiempo.  Ahora, anda de novia con el director para que la defienda.



--Es tremendo este cabrón y además poeta -contesté.

El horario de visita terminó y tuvimos que despedirnos.  Carmensa nos regaló unos llaveros preciosos con su nombre. En sus ojos brillaba una chispa de picardía y sensualidad.  Antes de irnos expresó:


--La próxima vez que vengan les presentaré al narcotraficante más famoso de Guerrero.  A dos secuestradores y también a algunos presos políticos que son mis amigos.  Dicen que pronto van a salir libres porque han sobornado a jueces y magistrados.  ¿Les gustaría platicar con ellos?

 ¡¡Guau!! Carmensa Sabía bien lo que queríamos.  Tendríamos suficiente material para escribir otra historia.



CONTINUARÁ

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