miércoles, 19 de febrero de 2014

TALLER LITERARIO




José de Cádiz

“En busca de identidad”.




No sé si agradecer o lamentar mi llegada a ese taller. Fue el primero que conocí, y ciertamente, aprendí bastante. Aprendí a expresarme, a corregir, y ¿por qué no? A defender mis ideas. También aprendí a soñar y a trasnocharme. 

Se dice que ningún taller te puede enseñar a escribir, que la vena literaria es algo que se trae de nacimiento. Hay algo de verdad en eso, acaso sólo se pueda adquirir el amor por la  literatura y arte. Un poco de técnicas y conocimientos ortográficos para expresarte mejor.

La mayoría buscamos la convivencia o la chorcha, y almas afines que piensen como nosotros. Seres sensibles e independientes que pretenden encontrar en la pluma su razón de ser. No siempre lo logramos por supuesto.

En aquel taller pasaron cosas interesantes como bochornosas o muy desagradables. Entre las primeras está el haber escrito una antología llamada: “15 escritores en ciernes”, con la participación de quienes lo conformábamos.  Fue una época bohemia de grandes conflictos existenciales que dejaron honda huella en nuestro espíritu.

En el taller participábamos leyendo nuestros textos.  Al final cada uno exponía su punto de vista.  Anhelábamos convertirnos en plumas fecundas y destacadas.  Una mezcla de gente rara de muy diversos caracteres. Burros sin mecate, perros sin dueño, bohemios por dentro y por fuera. “Es natural, son artistas”, se decía.

Algunos tenían talento pero otros carecían de el.  Los había con hormonas activas y deseos de proyectarse en varios periódicos. En Acapulco, hasta las letras tienen la impronta de la diversión.  Hay una vida nocturna variada que difícilmente se puede vivir al margen.

Recuerdo que me dijeron al llegar: “¿quieres leer algo?”, y me pasaron al estrado como si yo fuera el candidato de la próxima contienda. Me negué a hacerlo, por supuesto, era como desnudarme frente a unos desconocidos. Al ver que yo no entraba en confianza me leyeron una versión porno de Blanca nieves y los 7 enanos.   Yo me revolvía nervioso en el asiento mientras mis compañeros intercambiaban miradas de complicidad.


Yo llevaba mis cuentitos bajo el brazo, ¡claro!, y unos cuantos condones por si las dudas. “Ahí hay de todo”, me dijo Ricardo, un jipi venido a menos que llevaba una vida disipada, con chicas, drogas, y mucho sexo. No seas tonto me expresó, “en ese taller te vas a desentumir y a relacionar”. Ricardo soñaba con ser un gran novelista pero nunca concluyó un libro.  Empezaba entusiasmado, pero terminaba frustrado y renegando de todo.  Casi le tenía pavor a la hoja en blanco, un síndrome muy común entre autores.


Yo anhelaba encontrarle un nuevo rumbo a mi vida. Cansado de una vida sedentaria y descolorida, carente de emociones y sucesos que la transformaran.  Hartado de ser el chico bueno de la familia, trabajador, responsable, y prisionero de mis propios hábitos. Sólo la escritura me permitía volar de vez en cuando y escapar de esa situación que me asfixiaba. La rutina y el aburrimiento, también matan, la creatividad y el pensamiento positivo.

Por eso me alegré sobremanera cuando me invitó Jimena a ese taller, una ex compañera universitaria. “En el conviven escritores y gente muy creativa”, me animó. Mis expectativas subieron al máximo.   Por fin tendría la oportunidad de conocer a mis autores favoritos: Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, o ya de perdida a Camilo José Cela.

Mi desilusión no pudo ser mayor. Solo encontré a un viejito de luengas barbas que cuando leía un cuento parecía que padecía delirium tremen.  “El santo niño”, le decían, y era el fundador del grupo.  No era un gran narrador pero sí un verdadero amante de las letras.  Gran declamador de Neruda, Machado, y Sor Juana, conocía al dedillo a los clásicos y cuanta corriente literaria existiera. Aunque era oscuro en su prosa aprendimos mucho de él.

En todo grupo siempre hay líderes y gente que trata de manipular a los otros. No podía faltar, Carlota, una chica antipática, mandona, y con actitudes de superioridad.  Se decía, “la directora” del grupo, cuando es bien sabido que ahí no existen.  Era conocida en el gremio con un apodo nada estilístico de: “la huevos fritos”. Curiosamente era muy guapa y casi todos la odiaban.

También era miembro del grupo, Cesar, un bromista mitad filósofo mitad payaso, que solía reírse a la menor provocación.  Hacía bromas pesadas a todos los compañeros. Escribía cuentos de corte ecológico y ciencia ficción, y estaba por concluir su carrera de abogado. “Ustedes necesitan vivir muchachos”, nos conminaba invitándonos a beber cerveza a los bares.  Solía afirmar que: “Los mejores escritores se forman en una cantina”, y vaya usted a saber por qué.  Seguramente compartiendo la tesis de Willian Fulnerk quien opinaba lo mismo.

Otro asiduo concurrente era, “la carmensa”, un homosexual que se creía la reencarnación de Marlene Dietrich, la imitaba en casi todo.  Se llamaba Ezequiel, pero era conocido con su nombre artístico en la vida nocturna del puerto.  Escribía cuentos y poemas de corte erótico y contenido gay. Trabajaba en un Bar muy popular como travestí, y ciertamente tenía talento para la poesía.  Siempre andaba bien maquillado, vestido a la moda, con aretes, turbantes, pulseras.

También asistían al taller, dos estudiantes de secundaria, fieles discípulos y seguidores de “la huevos fritos”. Eran tan rojillos y ruidosos como cacatúas, y más parecían merolicos de los que venden ungüentos para los callos. Se dirigían a ellos como, “los educandos”, nunca supe porqué estaban ahí ya que no escribían cuentos ni nada. Tal vez para matar el tiempo simplemente o quizá ya no los querían en su casa. ¡Ah, y para hacerle el caldo gordo a Carlota con sus propuestas!

Y para darle más colorido al asunto, una actriz vieja de los años setentas radicada en Acapulco, que aún conservaba el glamur y rasgos bellos de sus años mozos: Indira Raquel, era la única figura más o menos conocida en el grupo. Tenía un libro escrito que había sido un fracaso: “La vida íntima de una dama del teatro”. Recién divorciada trataba de olvidar en la literatura sus frustraciones y buscaba afanosamente un nuevo amor. “Estoy sola”, se quejaba.

Otro elemento que le daba un toque de cordura a aquel taller y le imponía cierta disciplina y severidad  era el amante de “la huevos fritos”. Un catedrático universitario tan culto y amante del arte como indeciso y falto de carácter. Fabián Cano, “el señor Cano” le llamábamos cariñosamente. Estaba muy relacionado con el gobierno y Universidad tenía varios libros publicados de corte académico. Era un placer platicar con él por su extraordinaria cultura.




Había entre los compañeros una chica llamada, Karina, muy apta para la poesía.  Que tenía una mirada de ensueño y una sonrisa angelical. Yo diría que todo el que llegaba al taller se quedaba con la firme determinación de ligar con ella algún día. Era ese tipo de chica de la que te enamoras a primera vista. Guapa, sensual, e inteligente. Nos llamaba solemnemente, "compañeros", y era ese aire de misterio e indiferencia el que nos conquistaba. Le gustaba declamar y cantar en las veladas que organizábamos en la playa u otro lugar. Pero, ¡oh desilusión!, tenía marido y dos hijos la muy endina.


Un día nos mandaron un tallerista de la SOGEM, (Sociedad General de Escritores de México), llamado Rosendo del Peral. Nos impartió un curso sobre poesía moderna y Literatura del siglo XIX. Era muy bueno en su materia, y conocía mucho de técnicas literarias pero a mí juicio no tenía habilidades para la narrativa.  Es frecuente que entre amantes de las letras haya personas aptas para enseñar pero no para escribir.


El profe ni se daba por aludido y seguía escribiendo todo el tiempo.  Sin embargo reconocíamos que gracias a él cada uno escribió su propio librito en el taller.  Rosendo no tenía un sueldo pero un Instituto cultural le daba una compensación y hasta le pagaba el hotel.

Por nuestra parte, a veces le invitábamos una cena o un café o bien llevábamos cigarrillos. Tenía una amante mucho más joven que él y era tan celoso y posesivo ¡que ¡llegó a armarle cada escena! Su novia sí que tenía talento para la narrativa y está a punto de lanzar su primer libro de cuentos, se llama: Alma Ruth Cadena.

Jimena y un servidor, seguramente entrábamos en esta clasificación esquizofrénica que he mencionado.  Que si me obligan a decirlo les diré que tenía como característica fundamental el terror a la rutina y delirios intelectuales, y también deseo de fama. Sí, oyó bien, deseo de fama.  Aquí quiero hacer un paréntesis.  Quien escribe anhela trascender en el mundo de las letras.  Aunque la mayoría afirmen que escriben para sí mismos eso no puede ser verdad.  De ser así guardarían sus textos en un armario y no publicarían nunca.  Creo que es todo lo contrario y el deseo de cualquier escritor es ver publicadas sus obras.

Es muy común que, por una mal entendida modestia, afirmen que no les interese el reconocimiento o la popularidad.  Parece que no son sinceros y muy en el fondo aspiren a lograr ese corolario algún día. Si lo logramos o no ya es harina de otro costal.  Aunque en principio escribimos por motivos muy personales pronto nos damos cuenta que somos seres terriblemente exhibicionistas desde el momento en que mostramos nuestro textos a propios y extraños.

Toda profesión implica sacrificios.  Largas horas de ensayo y corrección con el oficio de las letras.  También sacrificar tiempo, dinero, y esfuerzo.   A todos nos gustaría tener millones de lectores.  Como toda profesión glamorosa las candilejas y el glamur nos llaman.  La mayoría nos quedamos en el intento por falta de disciplina o constancia.  El trabajo de escritor es arduo y poco remunerado, cuando menos en América latina que son países que leen poco.   Se necesita hacer de la escritura un proyecto de vida.  Tener un trabajo que nos asegure el sustento para poder escribir.

Ahora bien, ¿qué de malo tiene en anhelar reconocimiento a través de las letras?  Es tan loable como las aspiraciones de cualquier obrero o profesionista. Más legítimo que las aspiraciones de un político que solo busca el poder para avasallar y lucrar.  No es ninguna vergüenza querer proyectarnos en el mundo del arte.    Tiene más mérito una aportación intelectual que de cualquier otra índole. Los escritores plantean realidades alternativas y además divierten o motivan.



Dicen que los buenos libros tarde o temprano obtienen el reconocimiento. También es verdad que hay autores valiosos que pasan desapercibidos.  Los autores que triunfan se cuentan con los dedos de las manos porque hay demasiados factores que contribuyen al éxito.  Uno de ellos es el estilo, otro las relaciones, y también la ardua preparación y trabajo.  Seguramente el factor suerte cuenta mucho. 

Desgraciadamente en el mundo editorial la mayoría de los autores nos quedamos en el intento.  Más poquitos son los que tienen éxito escribiendo best sellers. Paradojas de la vida en el arte literario.  Los contactos y buenas relaciones pueden lograr maravillas.  Dicen que ganar premios es una base segura para publicar pero no garantiza el éxito.  Por supuesto al final la última palabra la tiene el público.  Es quien decide finalmente que autores se consagran y quiénes no.

Una duda me atosiga, ¿Cuál es el secreto del éxito de cualquier escritor? Seguramente nadie lo sabe ni siquiera los que han llegado a la cumbre. Y también, ¿Cuáles son los factores que conforman un best seller? Sería interesante descubrirlo.

En lo personal no me gustan los pseudonimos porque es una forma de escondernos de nosotros mismos. Es como ponerse una capucha en un concurso de belleza. Nadie querrá conocer a un autor que no da su nombre y se pensará con razón que algo esconde. ¿Qué pensarían los lectores de un escritor que no firma sus textos? Y que tampoco podemos ver su media filiación.



Existe también la popularidad tristemente célebre. Soñar con el reconocimiento es loable siempre y cuando se base en el trabajo y talento. Jimena, era metafísica y se sentía tocada por la divina providencia cuando hablaba a los compañeros del karma. Ellos, la escuchaban atentos e incrédulos, seguramente pensando que estaban frente a una compañera carente de cordura. Dicen que hasta para crear se necesita un poquito de locura.  Los poetas trabajamos con la imaginación y ciertamente somos fantasiosos.  También es verdad, que solo una persona que no está en sus cabales se atreve a meterse a un taller a convivir con soñadores.

Para paliar un poco estos agravantes de carácter les diré que teníamos a nuestro favor publicar nuestras cositas en cualquier diario local. “La fama está hecha de papel periódico”, escuché decir a una columnista de sociales.   La mayoría de los miembros escribíamos frenéticamente y con grandes esperanzas de publicar o “hacernos escritores” algún día. Si lo logramos o no ya es harina de otro costal.

La “huevos fritos”, se dedicaba a pedir dineros al Ayuntamiento a nombre de nuestro taller sin consultarnos. Esto nos enfurecía pero nadie se atrevía a reclamarle nada por temor a armar una gresca. De vez en vez se acostaba con algún funcionario de primer nivel para arrancarle alguna canonjía en nombre de “la cultura”.  El marido y nosotros nos hacíamos de la vista gorda ya fuera por conveniencia o para no entorpecer el desarrollo del grupo.

Un día me presentaron a Nicole, una francesa avecindada en Acapulco. Era la dueña de un restauran de postín, y el flechazo fue inmediato, “me gustan tus ojos”, me expresó.  Escribía cuentos costumbristas, cartas de amor, y tenía gran habilidad para los negocios. Nadie como ella para hablarnos de historia universal, pintores del renacimiento, o autores clásicos.  Los sábados organizábamos la gran comilona en su casa con bebidas y música country. Su hogar era una especie de santuario en donde pernoctaban los seres más creativos del planeta. Éramos como sus protegidos y nos llamaba cariñosamente: “mis poetas”.  Cantábamos, bailábamos, y declamábamos. A ritmo de danzón, tango, y hasta samba.

Una noche, ya entrados en copas, decidimos recorrer como otras veces las entrañas del Acapulco nocturno. “Vámonos al zorrito a convivir con las putitas”, sugirió Jimena, que estaba escribiendo un cuento sobre burdeles. Nos pareció excelente la idea. Llegamos al “ Zorrito”, un lugar de desnudistas de los más exclusivos del puerto.  La música disco es estremecedora y el colorido fascinante.

El lugar estaba lleno y había un ambientazo bárbaro. La música eléctrica invitaba a bailar y las ficheras se daban vuelo con los turistas. Fue Nicole, con su mentalidad gala, quien sugirió fichar con los clientes.  Diciendo y haciendo, se sentó en una mesa e invitó a bailar a un parroquiano.  Éste la miró desconcertado pero se dejó querer y fue a danzar con ella bien abrazadito. Le siguió “la huevos fritos”, que tenía un cuerpazo y era de armas tomar. “Esta noche seremos putitas”, sentenció la lideresa. Ahora comprendía yo por qué ese apodo tan elemental. Jimena, también le entró a la fichada, mientras los demás tomábamos y fumábamos como chacuacos.  En el fondo todo era un juego y nosotros lo sabíamos. Por supuesto, “la carmensa”, no quiso quedar atrás y las retó:

-¿A que no se atreven a desnudarse bailando?

-¿Oye Carmensa, qué te pasa –protestó Indira Raquel- ¡Nos van a correr de aquí!

-¡Claro que no ingenua porque el dueño es mi amigo!, –contestó el travestí.

Nicole le tomó la palabra, y le dijo-: ¿Quién empieza?.  “La carmensa”, se dirigió a los vestidores y Nicole lo siguió dócilmente. Pronto oímos al animador que anunciaba:

-¡Y ahora directamente de París Nicole la Diosa de fuego!



Nicole salió luciendo un traje de amazonas que lentamente se fue despojando. Había gracia y simetría en sus movimientos. A sus treinta y ocho años aún tenía mucho que enseñar. La música es vibrante, rítmica y sensual. La francesita, era tan buena fichando como bailando. Comenzó a quitarse la ropa con voluptuosidad y elegancia.  Sin inhibiciones, por lo que el momento cumbre llegó.

¡En la torre! Nunca pensamos que Nicole fuera capaz de enseñarnos su palmito. Seguramente recordaba viejos tiempos allá en su tierra natal.  En el escenario gritaban entusiasmados los parroquianos: ¡Mucha ropa! ¡fuera ropa! La francesita bailó de todo completamente desnuda, hasta una rumba con sombrero charro. “Me siento muy “mecsicana” esta noche", decía graciosamente con su acento galo. Estábamos fascinados con aquel improvisado show.

“La carmensa”, como todo un travestí experimentado, salió más estrafalaria aún. Parecía una rumbera de los años cuarentas con ese gran penacho de flores rojas. Acostumbrado a cantar y bailar aquello era pan comido. Pero esta vez,  “la Carmensa” llegó más lejos aún, y también decidió desnudarse.  Es bien sabido que en un ambiente de burlesque todo mundo mete mano, grita, se extralimita. Pero “carmensa” tenía su propio concepto de la decencia y decoro. Alguien le tocó las nalgas y trató de introducirle un dedo en el ano. Esto la enfureció sobremanera y sin más miramientos estrelló una botella de brandy en el rostro de aquel osado parroquiano. Cayó como fulminado por un rayo en medio de un charco de sangre.

En cuestión de minutos el lugar se llenó de ambulancias, policías, y periodistas “¡Dios mío está muerto!”, gritaban las pupilas. El antro se transformó en un pandemónium. Algunos alcanzaron a correr pero la mayoría nos quedamos atrapados.  El dueño cerró las puertas herméticamente para que nadie escapara. Estábamos francamente consternados y hasta se nos quitó la borrachera. Se trataba de un crimen y teníamos que hacer declaraciones.


Nos detuvieron a todos, incluyendo a los turistas. A “carmensa” y a Nicole, se los llevaron esposados. Los fotógrafos de prensa se daban vuelo. Indira Raquel, lloraba amargamente, su reputación de actriz muy conocida estaba en juego. “¡Por favor díganles a los fotógrafos que no me tomen!”, suplicaba histérica.
Jimena, “la huevos fritos”, el maestro Cano, se limitaban a observar todo muy compungidos. Yo me sentía aturdido pero entusiasmado de poder narrar esta experiencia algún día. Nunca sospechamos que la juerga terminaría de esa manera. Cesar estaba tan borracho que quería seguir la parranda.

Karina, a última hora declinó la invitación.  ¡Y qué bueno!, porque fue la única que nos llevó tortas a la delegación. Estuvimos detenidos una semana porque las declaraciones se complicaron. Las indagaciones de orden criminal son un verdadero embrollo. La prensa seguía detenidamente el suceso.

“Carmensa” efectivamente mató al tipo.  Quien resultó ser hijo de un empresario muy influyente en el puerto; por lo que su papi nos quería matar. El padre pensaba que su hijito era todo un angelito. En realidad era un mantenido y además padrote.  “Carmensa, no era la primera vez que pisaba un juzgado y ya tenía antecedentes penales. Se habló insistentemente de un “crimen pasional”.  Mentira, todo fue circunstancial y fortuito.


Los periódicos escribían pestes: “Zafarrancho entre poetas, homosexuales, y exóticas”. “El santoniño”, aparecía dormido con sus barbas descansando sobre una mesa. A “carmensa”, la retrataron con la botella rota en la mano. Los involucrados aparecíamos en los diarios como sacados de un cuento de Edgar Alan Poe.   Y mejor continuamos la historia otro día.  ¿Les parece?

Pero, bueno, dicen que: “La fama está hecha de papel periódico”.




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